Los determinantes sociales de la salud materna y perinatal siguen siendo la variable más subestimada en la planificación obstétrica de América Latina. Mientras los sistemas sanitarios concentran recursos en la atención clínica del parto, la evidencia científica publicada en la revista Ibero Ciencias en enero de 2026 reafirma que las condiciones sociales, económicas y estructurales que rodean el embarazo son tan definitivas para el desenlace materno y neonatal como cualquier complicación clínica.

El peso de la desigualdad sobre el embarazo
La Organización Mundial de la Salud estima que en 2023 fallecieron cerca de 260,000 mujeres por causas relacionadas con el embarazo, el parto o el puerperio, lo que representa más de 700 defunciones diarias. Aunque la razón de mortalidad materna global cayó aproximadamente un 40% entre 2000 y 2023, más del 90% de esas muertes ocurren en países de ingresos bajos y medianos. La disparidad no es aleatoria: es el resultado directo de desigualdades estructurales que determinan quién accede a atención obstétrica de calidad y quién no.
En México, la Secretaría de Salud reportó 584 muertes maternas en 2023, equivalentes a una razón de 34.6 defunciones por cada 100,000 nacidos vivos. La cifra representa una mejora histórica frente al año 2000, pero aún supera las metas nacionales y los compromisos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Las principales causas de muerte siguen siendo la hemorragia obstétrica, los trastornos hipertensivos y las complicaciones relacionadas con el aborto, todas ellas consideradas prevenibles con atención oportuna y personal capacitado.
Mortalidad neonatal: el otro lado de la inequidad
La dimensión perinatal del problema es igualmente crítica. Según estimaciones de la ONU, cada año se producen alrededor de 2.3 millones de muertes neonatales en el mundo, la mayoría en los primeros 28 días de vida, y representan más de la mitad de todas las defunciones en menores de cinco años. Las causas principales (prematuridad, asfixia perinatal e infecciones) son también prevenibles.
En México, la tasa de mortalidad neonatal se sitúa entre 9 y 11 defunciones por cada 1,000 nacidos vivos, por debajo del promedio mundial pero con inequidades intrarregionales significativas. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) identifica como causas predominantes la prematuridad y el bajo peso al nacer, seguidas por malformaciones congénitas e infecciones neonatales.
«La gestación no ocurre en un vacío biológico: está condicionada por factores contextuales que inciden directamente en los desenlaces perinatales.»
Determinantes estructurales: la raíz del riesgo obstétrico
El artículo publicado por las investigadoras Claudia Rodríguez Leana y Dulce Krystal Damián Mendoza, de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, aplica el marco conceptual de la OMS para diseccionar dos niveles de determinación. El primero, estructural, abarca el contexto político y socioeconómico, y los mecanismos de estratificación social: educación, ingreso, género y ocupación. Estos factores configuran la posición social de las personas y, con ello, su acceso diferencial a recursos materiales y simbólicos, incluida la capacidad de tomar decisiones informadas sobre la propia salud.
La Comisión sobre Determinantes Sociales de la Salud de la OMS (2008) ya había advertido que las diferencias en morbilidad y mortalidad no son eventos aislados, sino expresiones de estructuras sociales que generan exposición desigual a riesgos. En América Latina, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) confirma que las brechas socioeconómicas continúan siendo determinantes relevantes de la morbilidad y mortalidad materna.
Determinantes intermedios de la salud materna: cómo se traduce la desventaja en daño clínico
El segundo nivel analítico corresponde a los determinantes intermedios: condiciones concretas de vida como vivienda, alimentación y entorno físico; factores psicosociales; redes de apoyo social; y características de los servicios sanitarios. Durante el embarazo, estas variables se expresan en seguridad alimentaria del hogar, estabilidad habitacional, acceso oportuno al control prenatal, exposición a violencia de género y disponibilidad de apoyo familiar. Cada uno de estos elementos puede potenciar riesgos biológicos preexistentes.
La evidencia revisada señala que condiciones como la pobreza, la baja escolaridad, la inserción laboral precaria y la ausencia de redes de apoyo se traducen en control prenatal tardío, menor adherencia a recomendaciones médicas, mayor carga de estrés crónico y mayor probabilidad de parto pretérmino o bajo peso al nacer. Investigaciones recientes citadas en el artículo (entre ellas Torres-Torres et al. (2025) y López-Hernández & Méndez-Ramírez (2025)) refuerzan esta cadena causal con datos actualizados para la región.
La morbilidad materna grave, o «near miss», alcanza en México una razón aproximada de 7.7 casos por cada 100 nacidos vivos, con los trastornos hipertensivos y las hemorragias obstétricas como causas dominantes, lo que, según la Secretaría de Salud, refleja la necesidad de fortalecer la vigilancia clínica y la atención oportuna en el primer nivel.
Equidad como imperativo clínico y político
Las autoras incorporan la perspectiva de equidad propuesta por Whitehead (1992): las inequidades sanitarias son diferencias evitables mediante intervenciones adecuadas y, por tanto, moralmente inaceptables. Desde esta premisa, garantizar una gestación segura para todas las mujeres, independientemente de su posición socioeconómica, no es solo un objetivo epidemiológico sino una exigencia ética del sistema de salud.
El análisis advierte que el personal de atención primaria ocupa una posición estratégica para identificar factores sociales de riesgo de forma temprana. La incorporación sistemática de la evaluación de determinantes sociales en la práctica clínica permitiría detectar vulnerabilidad social, fortalecer el seguimiento de casos prioritarios y articular redes intersectoriales. Sin embargo, múltiples análisis señalan que la atención obstétrica continúa orientándose predominantemente hacia el modelo biomédico, lo que limita el impacto potencial en la reducción de desigualdades.
Implicaciones para la práctica profesional
La mejora de los indicadores de salud materna y perinatal requiere intervenciones que superen el fortalecimiento de los servicios clínicos. La reducción de inequidades sociales (pobreza, violencia de género, barreras de acceso geográfico y económico) constituye una precondición sanitaria. Los equipos de salud, administradores y formuladores de política deben incorporar la evaluación sistemática de determinantes sociales como herramienta diagnóstica en la atención prenatal.
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