El hambre en el mundo volvió a disminuir durante 2025, pero el avance global continúa siendo lento, desigual y vulnerable a los conflictos, las alteraciones climáticas y el encarecimiento de los alimentos nutritivos. El informe SOFI 2026 advierte que la reducción de la subalimentación todavía convive con profundas disparidades regionales, una elevada inseguridad alimentaria y un estancamiento de varios indicadores de nutrición materna e infantil.
El 7,8 % de la población mundial padeció hambre en 2025, frente al 8,1 % registrado en 2024 y al 8,6 % de 2022. Esto equivale a aproximadamente 645 millones de personas, cerca de 14 millones menos que el año anterior y 43 millones menos que tres años atrás. Aunque se trata del tercer descenso anual consecutivo, los organismos responsables del informe consideran que el ritmo resulta insuficiente para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible establecidos para 2030.
El documento El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026 fue elaborado conjuntamente por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, la Organización Mundial de la Salud, el Programa Mundial de Alimentos y UNICEF. Su principal conclusión no se limita a constatar una mejora estadística: señala que el progreso global sigue siendo frágil y está distribuido de forma profundamente desigual.
El hambre en el mundo disminuye, pero África concentra la mayor carga
Las diferencias regionales constituyen uno de los elementos centrales del informe. Asia y América Latina y el Caribe han mostrado mejoras constantes durante los últimos años. África, en cambio, alberga actualmente alrededor de 309 millones de personas que padecen hambre, por encima de los 292 millones registrados en Asia.
La proporción de la población africana afectada disminuyó ligeramente, del 20,3 % en 2024 al 20 % en 2025. Sin embargo, el rápido crecimiento demográfico hizo que el continente pasara a concentrar el mayor número absoluto de personas subalimentadas. Esta situación demuestra que una reducción porcentual no necesariamente implica una caída equivalente en el volumen total de población afectada.
Las disparidades también se observan al analizar la inseguridad alimentaria moderada o grave, una medición más amplia que incluye a las personas que deben reducir la cantidad o la calidad de los alimentos que consumen.
Durante 2025, aproximadamente 2.100 millones de personas (el 25,8 % de la población mundial) experimentaron alguno de estos niveles de inseguridad alimentaria. La cifra representa una mejoría frente al 27,1 % de 2024 y al 28,7 % de 2020, pero continúa por encima de los niveles anteriores a la pandemia.
En África, el 56,6 % de la población enfrentó inseguridad alimentaria moderada o grave. En América Latina y el Caribe la proporción fue del 22,9 %, mientras que en Asia alcanzó el 20,3 % y en América del Norte y Europa se situó en el 8,7 %.
El informe también identifica una mayor afectación en las zonas rurales frente a las áreas periurbanas y urbanas. Las mujeres continúan enfrentando una carga desproporcionada, aunque la brecha de género se redujo ligeramente durante 2025.
Las proyecciones para 2030 siguen lejos del objetivo de Hambre Cero
El descenso observado en los últimos tres años no permite anticipar el cumplimiento de la meta mundial de erradicar el hambre. De acuerdo con las nuevas proyecciones, entre 510 y 520 millones de personas podrían continuar padeciendo hambre en 2030.
La estimación anterior al conflicto de 2026 en Oriente Medio era de 503 millones. El nuevo cálculo considera los posibles efectos de la crisis sobre los precios de los alimentos, especialmente a través del aumento del costo de la energía y los fertilizantes.
No obstante, las proyecciones no incorporan todos los factores que podrían deteriorar el escenario. Entre ellos se encuentran los fenómenos meteorológicos extremos y los posibles efectos de El Niño durante 2026 y 2027.
Los organismos autores también advierten que la reducción de la asistencia oficial para el desarrollo y de la financiación humanitaria podría limitar la capacidad de respuesta en los territorios más vulnerables. En este contexto, la evolución del hambre dependerá tanto del comportamiento de la producción y los precios como de la continuidad de las intervenciones sociales, nutricionales y humanitarias.
La nutrición materna e infantil avanza con demasiada lentitud
El informe muestra que la reducción del hambre no está acompañada por avances suficientes en todos los indicadores nutricionales. El retraso del crecimiento infantil, la emaciación, el sobrepeso, el bajo peso al nacer y la lactancia materna exclusiva presentan mejoras limitadas y, en algunos casos, incompatibles con las metas internacionales.
Alrededor de 150 millones de niños menores de cinco años continúan padeciendo retraso del crecimiento. Además, solo el 30,8 % de los niños de entre seis y 23 meses consume una dieta mínimamente variada.
La anemia entre las mujeres de 15 a 49 años está empeorando, mientras que la obesidad en adultos mantiene una tendencia ascendente. Su prevalencia pasó del 12,1 % en 2012 al 16,2 % en 2024, en contraste con el objetivo internacional de detener su aumento para 2025.
Estos datos evidencian que la seguridad alimentaria no puede evaluarse exclusivamente mediante el número de calorías disponibles. La calidad, diversidad y composición nutricional de la alimentación son determinantes para prevenir tanto la desnutrición como el sobrepeso, la obesidad y otras formas de malnutrición.
Una dieta saludable cuesta más y sigue fuera del alcance de millones
El costo promedio mundial de una dieta saludable aumentó hasta 4,28 dólares de paridad de poder adquisitivo por persona al día en 2025. En 2021 era de 3,44 dólares y en 2017 se ubicaba en 2,94 dólares.
América Latina y el Caribe registró el costo regional más alto, con 4,91 dólares PPA diarios. A pesar de este incremento, el número de personas que no podía permitirse una dieta saludable disminuyó de 2.970 millones en 2021 a 2.690 millones en 2025.
La mejora global vuelve a ocultar diferencias importantes. En África, el 66,6 % de la población no podía costear una dieta saludable, una proporción que supera ampliamente la registrada en Asia y América Latina y el Caribe.
El informe atribuye parte del costo final de los alimentos a las etapas posteriores a la producción agrícola. Entre el 70 % y el 75 % de lo que pagan los consumidores corresponde a actividades posteriores a la explotación, mientras que hasta el 40 % del costo total se concentra en la elaboración, la logística y la venta al por mayor.
Por esta razón, las intervenciones no deberían limitarse a aumentar la producción. El documento plantea la necesidad de mejorar la infraestructura, las cadenas de frío, el riego, la investigación, la productividad, la logística y los marcos regulatorios. También señala que las políticas deben adaptarse a la estructura alimentaria de cada región y priorizar los productos nutritivos y perecederos.
La caída del hambre durante tres años consecutivos confirma que los indicadores pueden mejorar. Sin embargo, el panorama presentado por SOFI 2026 obliga a interpretar ese avance con cautela. La persistencia de 645 millones de personas subalimentadas, el encarecimiento de las dietas saludables y el rezago de la nutrición materna e infantil muestran que la trayectoria actual todavía no garantiza el cumplimiento de las metas para 2030.
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